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“Alfabetizar no es corregir dificultades: el lugar irremplazable del maestro frente a la fragmentación de roles”

Entiendo la alfabetización como un proceso de enseñanza sistemático, intencional y profundamente pedagógico. No se trata de un desarrollo espontáneo ni de una mera exposición al lenguaje, sino de un trabajo guiado que requiere de un docente formado específicamente para enseñar el sistema de escritura y las habilidades lectoras desde sus bases.

En este marco, el maestro ocupa un lugar central e insustituible. Su formación lo prepara (o debería) para diseñar secuencias didácticas, intervenir de manera planificada y acompañar a los alumnos en el aprendizaje progresivo de la lectura y la escritura. La alfabetización, entonces, parte de la enseñanza: es el docente quien introduce, orienta y sostiene este proceso, especialmente en sus etapas iniciales. Es quien realiza el andamiaje que sostiene el proceso.

Sin embargo, en la práctica educativa contemporánea, este rol ha sido parcialmente desplazado por otros profesionales. En el caso de los psicopedagogos, su intervención resulta valiosa, pero responde a otra lógica: trabajan desde el abordaje de la dificultad, es decir, cuando aparecen obstáculos en el aprendizaje. Su campo no es la enseñanza inicial en sí, sino la detección, comprensión y acompañamiento de problemáticas específicas. Confundir este rol con el del docente implica desdibujar el punto de partida: enseñar no es lo mismo que intervenir ante la dificultad.

Por otro lado, los profesores de lengua y literatura (otro rol asociado erróneamente a la alfabetización) poseen un conocimiento profundo del lenguaje y de los textos literarios, pero su formación no está orientada a la alfabetización inicial. Además, es importante subrayar que la lengua y la literatura constituyen objetos de conocimiento distintos de la alfabetización. Mientras estas disciplinas se centran en el análisis, la reflexión y la producción en niveles más avanzados, la alfabetización se ocupa de enseñar el sistema de escritura y las habilidades de comprensión lectora así como de producción escrita. Por ende no son campos equivalentes ni intercambiables.

Este desplazamiento del maestro genera el riesgo de perder de vista la especificidad de la enseñanza de la lectura y la escritura. Alfabetizar requiere conocimientos didácticos precisos y una comprensión clara de cómo enseñar de manera progresiva y estructurada. No basta con saber sobre lenguaje ni con comprender las dificultades: es necesario saber enseñar desde el inicio.

Por ello, resulta fundamental revalorizar el papel del docente como especialista en alfabetización, reconociendo que otros profesionales pueden aportar desde lugares complementarios, pero no sustitutivos. Recuperar esta centralidad no solo fortalece la práctica educativa, sino que garantiza mejores condiciones para que todos los alumnos accedan a una alfabetización que les permita vivir plenamente su ciudadanía.

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